ADVIENTO: ANTE EL CRIMEN Y LA INDIGNACIÓN

            Las lecturas bíblicas de estas dos
semanas de adviento nos hablan de esperanza, de preparación y de conversión,
sin embargo el crimen y el discrimen que ha hecho estragos en estos días parecería
contrastar dramáticamente con este mensaje. El crimen y el discrimen ha
provocado marejadas de palabras que en muchas ocasiones nacen del coraje y el
sentido de impotencia. En medio de tanta palabra, tan poca acción y tanto dolor podríamos pensar que no hay esperanza y que adviento se ha convertido más bien
en una época de desasosiego, de utopías y simbolismos bíblicos que no tienen
pertinencia para el momento presente. Por esa misma razón la noticia de
adviento llega cuando más la necesitamos. Es momento de creer que Dios cumple
sus promesas como lo ha hecho antes, que en medio de la angustia y el dolor individual
y colectivo, Dios hará justicia, nos salvará y hará que vivamos en paz.

            De esa forma podemos ver esta época navideña que
conocemos como Adviento, como una época de esperanza que nos hace mirar hacia
el futuro, a proyectarnos hacia un nuevo año en compañía del
Señor de la historia, quien siempre se ha manifestado en favor de los
desventajados y no cesa de hacerlo. La llegada del mesías significó la caída de
los muros de separación entre el mundo creyente y el mundo gentil, representó
la libertad para los oprimidos y menospreciados en aquella sociedad de la época:
ancianos, mujeres, niños, enfermos, presos, marginados, paralíticos y
desvalidos. Eso mismo debe significar para ti hoy la llegada de la navidad.
Navidad que simboliza la esperanza por recordarnos que Dios llegó a nuestra
vida como un niño, de la misma manera que tu y que yo, para enfrentarse a la
realidad humana y desde su humanidad impartir dignidad y esperanza a una
humanidad llena de luchas, de sufrimientos, de tristeza, muerte y enfermedad.

            En medio de la indignación los textos de adviento también
nos llaman a retornar al desierto con Juan el bautista para que el ruido de las
fiestas no ahoguen el mensaje. Que en el silencio de nuestra reflexión podamos
devolvernos a Dios en un acto de conversión y poder aceptar el llamado del
amor. Hoy nos consume la indignación ante el crimen y nos desbordamos en
palabras, sin embargo adviento anticipa obras, llamándonos a transformar
nuestras palabras en obras. En Jesús, Dios transformó sus palabras y promesas en
obra. Así mismo el texto nos hace un llamado a transformar la evangelización en
una palabra de consuelo no de miedo, en una palabra de amor y no de condenación.

            Si el motor de nuestra vida es la esperanza entonces las
manifestaciones de amor convierten la esperanza en actos concretos. El amor
cambia la esperanza en realidad. El amor de Dios al vaciarse de su divinidad
para aceptar nuestra humanidad con sus limitaciones convirtió la esperanza en
realidad. EL amor que depositó en ese acto de entrega cambió nuestra esperanza
en una realidad accesible. Hoy podemos declarar que hemos sido alcanzados por
Dios y se ha abierto un camino para llegar a El, acompañados por El. En esta época
de navidad debemos proponernos convertir la esperanza de los que están a
nuestro alrededor en gestos concretos. Permitir que nuestras obras de amor conviertan
la esperanza de los demás en realidad. Un abrazo, una llamada, una palabra de amor,
una expresión de arrepentimiento o de perdón hacia un familiar, un amigo,
pareja, hijo o hija, padre o madre, pueden cambiar su esperanza en realidad.

            Si nuestras palabras no se convierten en gestos concretos
de amor y de bondad, de justicia e igualdad, no podemos hablar de un futuro
mejor. Si nuestras palabras y nuestros gestos separan, condenan y oprimen
aunque pretendan lograr el arrepentimiento de los demás de su pecado, no son
obras de amor ni de justicia. Si queremos que Jesús nazca en nuestros
corazones, este debe ser un tiempo en que el amor se convierta en una nueva de
evangelización, en una evangelización con obras y actitudes de perdón, de
misericordia, de ayuda y no de mucha palabra y pocos gestos concretos. Si
queremos que nazca la esperanza debe cambiar nuestros corazones.

            Adviento nos hace un llamado a la conversión de nuestro
corazón, nos hace un llamado evangelizar con gestos concretos que conviertan la
esperanza en realidad, que convierta lo que se encuentra en la dimensión de los
sueños y de los anhelos más profundos de nuestra vida en realidades que llegan a través del amor de Dios manifestado en el amor que nos tenemos y nos
demostramos los unos a otros. Adviento nos llama a sembrar obras de amor para
que podamos también recibir los frutos del amor y la bondad que otros siembran
a nuestro lado.

            Este adviento es un llamado a evangelizar con obras de
amor pero también es una época que nos llama a la conversión y transformación
de la dimensión individual de la fe a una de actitudes y obras concretas que
restauren nuestras relaciones con el otro y la otra y se expresen en el
compromiso con el prójimo. Dios siempre ha dado el primer paso y siempre ha
intervenido en la historia con acciones concretas, levantó a un libertador para
sacar a un pueblo de la esclavitud y envió a Jesús para restaurar la dignidad
del ser humano de manera que este pudiera reincorporarse a la sociedad con
honor. Hoy la indignación que provoca en nosotros el crimen y el discrimen
deben ser motores para la conversión de nuestras palabras en gestos concretos,
para hablar menos y actuar más, para identificar espacios de servicio entre
nuestras familias, la iglesia y la comunidad en los que podamos cambiar el
discurso de juicio y condenación por uno de amor a través del servicio y la
acción. Hoy adviento nos enfrenta y nos confronta, y nos reta a salir al
desierto para alejarnos del bullicio de la fiesta y reflexionar. Hoy adviento
nos llama a reaccionar a nuestra indignación con obras de amor que transformen
vidas en lugar de condenarlas.
Hoy adviento nos llama a preparar el corazón
para el encuentro con Jesús en el otro y la otra, con sus defectos y virtudes,
con sus maldades y bondades, para así poder servir como El sirvió y ser agentes
de cambio como El lo fue.

 

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