En esta época de navidad escuchamos una y otra vez la historia de un niño quien como millones hoy en día, llegó a nuestra historia en medio de circunstancias adversas. Desde antes de nacer la historia de Jesús estaba llena de milagros y de la intervención de Dios haciendo posible lo imposible. Seis meses antes del ángel anunciarle a María que daría a luz un hijo, Elizabeth su pariente que era estéril había quedado embarazada. El mensajero vino a contar a María los milagros del Señor para que ella pudiera confiar en lo que Dios puede hacer, por lo ya ha hecho.

Cuando parece que los recursos se han acabado, materiales, emocionales, espirituales; cuando pensamos que no podemos más podemos mirar atrás y recordar como Dios ha obrado milagrosamente a través de la historia, en nuestra vida y en la de otros y otras cercanas a nosotros. Revisitar la historia nos ayuda a
confiar en lo que Dios hará por lo que ya ha hecho.

En ocasiones las situaciones que tenemos frente a nosotros son complejas, matizadas de imposibles. El futuro puede proyectarse de mucho dolor, como lo fue el futuro de María. Obedecer la voluntad de Dios no siempre tiene un final feliz. Para María significaría acompañar a su hijo hasta la muerte. Sin embargo, la diferencia está en saber que Dios es capaz de hacer posible lo que a los seres humanos nos resulta imposible y que Dios nos promete su compañía.

nativity-scene-squareDIOS ANUNCIA

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DIOS HACE POSIBLE LO IMPOSIBLE

Al nacer Jesús las cosas no iban a mejorar, como en nuestra vida, las dificultades continuaban y María y José enfrentaban grandes retos de fe, a través de los cuales la presencia de Dios se haría sentir. Jesús llega a la historia del ser humano en un momento en el que la humanidad era víctima de un imperio déspota y sanguinario; y Judea era víctima de un rey cruel, capaz de cometer cualquier atrocidad para mantener su poder. Herodes había sido capaz de asesinar sus propios hijos. ¡Cuanto más no sería capaz de hacer para continuar protegiendo su reinado! En medio de esa terrible realidad Dios irrumpe en nuestras vidas como un niño pobre, indefenso, perseguido y amenazado por los poderes del imperio. Asume nuestra humanidad para vivir nuestra pobreza, nuestra necesidad, nuestros temores, nuestro sufrimiento y hasta nuestra mortalidad.

Jesús provenía de una familia pobre y sin recursos, al punto que había nacido entre animales domésticos, en un lugar que no era ni su casa, ni su pueblo. La ironía de esta historia es que un rey tan poderoso como Herodes temiera por su reino y por su vida al escuchar hablar de este niño pobre, llamado Jesús. La presencia de Herodes en el texto bíblico lo convierte en un documento histórico que se relaciona con la historiografía y la arqueología para validarla a la vez que las mismas validan la historia de la salvación. Hoy, desde la distancia histórica es fácil comprender que la mano de Dios estaba sobre Jesús, y el propio temor de Herodes testificaría de la grandeza de Su misión. Sin embargo, en ese momento no era tan fácil entenderlo. A pesar de la maldad y el poder de Herodes, todas sus maquinaciones no pudieron detener el propósito de Dios porque los planes de Dios, son más grandes que toda estrategia humana para impedirlos. Aun a pesar de la persecución de Herodes, la revelación y el acompañamiento de Dios salva al nuevo Moisés, que vendrá a salvar y libertar, ahora no a unos pocos, sino a toda la humanidad. Así como a Jesús, Dios nos protege, y nos salva de los Herodes de nuestra vida, que se levantan para entorpecer el propósito de Dios en nosotros.

Hoy podemos hilvanar la historia con nuestro propio caminar con Dios y nuestra historia personal, podemos reflexionar sobre el propósito de nuestra vida y encontrar en los dichos, los milagros y los hechos de Jesús una reafirmación de que Dios nos acompaña, nos protege y nos salva, para que se cumpla en nosotros Su voluntad.

Hoy podemos decir: “Señor, he enfrentado mis propios Herodes y en el pasado me has librado, hoy tal vez no puedo ver con claridad lo que hay de frente y como María y José, tengo miedo y quisiera salir huyendo a Egipto, pero una cosas sí se, se muy bien lo que ya tu has hecho y que en mi peregrinar me has acompañado, me has librado, provisto, sanado y salvado. Por eso se que estás conmigo como lo estuviste con María y José en su caminar a Egipto huyendo de Herodes. Porque estás conmigo puedo responder confiada ante lo desconocido, ante la enfermedad, la escases, depresión, tristeza, angustia, sufrimiento. Porque tu estás conmigo como estuviste con Elizabeth, puedo decir como María: “he aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.”

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