Fifty Shades of Grey

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En estos días están de modas las 50 tonalidades de grises, o mejor dicho, 50 tonalidades del Sr. Grey. El pensamiento del siglo 21 pretende destapar la gama de grises que existe en la vida del ser humano. Pues aunque muchos piensen que eso no es cierto y que la verdad solo tiene blanco o negro, yo sí creo que existen infinitas tonalidades entre el blanco y el negro. Sin embargo cuando nos sumergimos en ese mundo de grises podemos a veces perder la capacidad de distinguir dónde debemos dibujar la línea entre lo que nos hace daño y lo que no. En ese ejercicio de buscar o dibujar esa frontera saludable llegan a mi mente varios textos bíblicos que hablan de lo que Dios quiere y tiene reservado para todos: pensamientos de paz y de bien y vida abundante. 

Es muy fácil caer en relaciones tóxicas, que de alguna manera se conviertan en escenarios de esclavitud, que poco a poco nos lleven a aceptar o hacer cosas que una vez pensamos que jamás haríamos. Con el tiempo parece que hasta justificamos esos comportamientos y como rehenes de una batalla perdida enfermamos con el Síndrome de Estocolmo; nos identificamos y hasta defendemos aquello, aquellas o aquellos que han secuestrado nuestra voluntad y libertad de conciencia.

¡Sí, hay grises! Indudablemente. Aquello que me hace daño o que concibo intolerable para mi puede no serlo para quien está a mi lado. Sin embargo, un ser humano que sabe que Dios desea paz y bienestar para el o ella, es aquel que a pesar de sus dudas, carencias, faltas o anhelos, puede identificar dentro de sí mismo o sí misma el momento donde se transgrede su dignidad y se viola la frontera de la paz y el bienestar personal del otro o la otra. Esa convicción debe servir como motor para empoderarse y salir de relaciones de opresión. No hay satisfacción y gratificación personal que pueda ser aceptable si está condicionada al sufrimiento o la perdida de libertad del otro ser humano. 

Si recordamos el himno al amor de 1 Corintios 13 en su verso 5b nos confrontaremos con la hermosa pero desafiante premisa del amor verdadero; un amor que no busca lo suyo, porque se goza de la justicia; justicia que no es menos que las relaciones de igualdad, dignidad y respeto entre los seres humanos.

 

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