Jesús nos confronta con las intenciones del corazón, en eso estriba el pecado. El énfasis de este texto no debe estar solo en el divorcio y sus implicaciones doctrinales. Sino, en lo que nos mueve a la ruptura de relaciones y sus consecuencias. ¿Cómo respondo cuando soy tentado o tentada? Jesús nos invita a arrancar lo que nos conduce al pecado, sea lo que sea, y cueste lo que cueste. Nos invita a valorar las relaciones y mirar hacia las consecuencias de nuestras acciones antes de proceder, “El que se divorcie de su mujer… la induce al adulterio”.

El ser humano de todas las épocas ha cedido fácilmente a lo que captura sus sentidos y le ofrece satisfacción. Así nuestras acciones se hacen pecado cuando anteponen el yo al bienestar común. Por eso Jesús es tan crítico con lo que incita nuestros sentidos y nos mueve al pecado contra el prójimo. Más vale cortarlo de raíz.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.» Mateo (5,27-32) Lectura diaria calendario litúrgico 12 de junio, 2020

¿Te sacarías los ojos si lo que vez te conduce a pecar? ¿Quiere Jesús que regresemos a la ley del talión? (Lev 24:17-22) ¿Es tan fácil como decir que el divorcio es pecado? Estas son preguntas importantes que debemos contestar desde la profundidad de la fe y reconociendo honestamente nuestros pecados.

No, no me voy a arrancar los ojos; pero tengo que arrancar de mi corazón los deseos que me conducen a pecar. Arrancar la envidia, la ira, el discrimen, los prejuicios, el egoísmo, la violencia, la apatía, la indiferencia. Tengo que privarme de todo lo que me incite a obrar en contra de mi prójimo; incluso en ocasiones tendré que negarme, o hacerme violencia a mi misma. A veces reconocer, confesar y erradicar esas conductas duele tanto como sacarte tu propio ojo. Pero ¿queremos vivir eternamente separados de Dios?

OREMOS

Señor, ¡Cuánto nos cuesta mirarnos por dentro e identificar las verdaderas intensiones de nuestro corazón! En estos días de conflictos raciales, violencia y discrimen, te pedimos que sanes nuestros corazones y nos perdones del pecado de la indiferencia.   Permite que tu Espíritu nos ilumine para nombrar y erradicar todo aquello que nos conduce a pecar contra nuestro prójimo.

¡Que así nos ayude Dios!

¡Gracias por su vista!

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