¡En cuántas ocasiones hemos sido víctimas del legalismo de alguien! Me imagino que a la mayoría de nosotros nos ha sucedido que en algún momento en nuestra vida nos han aplicado primero la ley que la misericordia. Y tampoco me cabe duda que en alguna que otra ocasión lo hemos hecho hacia otros. Y es que es más fácil ver el mundo en blanco y negro, porque la gama de grises entre medio es demasiado amplia. Por eso es mucho más sencillo para muchos que nos den una lista de pecados para dejarnos llevar.

«Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes” Mt 12:7

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El concepto de inocencia de Jesús es interesante porque de acuerdo a la ley ciertas actividades en las que incurrían los discípulos en sábado eran causa de pecado. Así que cuando Jesús les declara inocentes lo hace desde una ética mayor, la ética del amor y del bienestar del hombre y la mujer. Porque conforme a la ley, sí eran culpables. Sin embargo, Jesús altera e invierte nuestro entendimiento de la justicia. Jesús propone una ética del amor que entra en el corazón y la necesidad del ser humano para entender las razones de su comportamiento antes de dispararle, antes de jugarlo.

Gracias damos a Dios, que a través de Jesús nos enseñó, que más allá de la ley y las listas de pecados, está el amor y la misericordia como elementos de juicio. Honrar a Dios no puede darse desvinculado del trato misericordioso de los unos hacia los otros. Jesús nunca condicionó un favor a quien lo necesitaba a cambio de arrepentimiento o seguimiento a él. Jesús hacía lo que era necesario por llevar a la gente al bienestar y a la vida plena. Jesús aplicó la misericordia y ese amor transformaba las vidas. Y eso es exactamente lo que pide de nosotros hoy. Obrar con misericordia es ponernos en el lugar del otro y pensar que Dios nos ha perdonado más.

Hoy más que nunca necesitamos creer que Dios nos mira con misericordia, y que no existe pecado alguno que esté por encima de su amor. Esto es una lección de vida para los momentos en los que hemos sido condenados por la letra de la ley y nadie se ha ocupado de entrar a las profundidades de nuestro corazón para conocer nuestro sentir. Pero también es una lección para aprender a ver el corazón de otros más allá de sus obras.

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