Nuestra paciencia usualmente tiene límites, pero la de Dios no. (Sal 103:8)

Siempre he admirado los artistas detallistas, meticulosos y pacientes. Que pueden pasar horas, meses y años perfeccionando una obra, hasta que esté lista para hacerla pública. En la pintura, hay obras que tienen múltiples capas, y si nos fijamos bien, tienen  grosor y textura, que representan la madurez de la pieza hasta que el artista pudo lograr lo que deseaba. En el barro, mientras no se haya quemado al horno la pieza para fijar su forma, el artesano puede humedecerla otra vez y comenzar de nuevo a darle forma.

Yo, Jeremías, bajé y encontré al alfarero trabajando el barro en el torno. Cuando el objeto que estaba haciendo le salía mal, volvía a hacer otro con el mismo barro, hasta que quedaba como él quería. Entonces el Señor me dijo: «¿Acaso no puedo hacer yo con ustedes, israelitas, lo mismo que este alfarero hace con el barro? Ustedes son en mis manos como el barro en las manos del alfarero. Yo, el Señor, lo afirmo.” Jeremías 18:3-6

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En el contexto del texto Dios les esta advirtiendo de la mala conducta de Reinos y naciones. Sin embargo, podemos aplicarlo a nuestra realidad personal en manos de Dios. Una de las cosas que más me gusta de utilizar este texto para comparar cómo Dios nos trata, es que mientras el alfarero puede moldear el barro y volver a moldear buscando que la pieza quede perfecta, es porque aun no ha decidido meterla al horno y sellarla. Mientras la obra esté en esa etapa hay probabilidades de cambio. Me fascina pensar que Dios nos ve como barro en sus manos, en etapa de constantes cambios y perfeccionamiento. En manos de Dios no somos un producto acabado,  sin esperanza de ser transformado, por el contrario, el alfarero de la historia de Jeremías, parecía tener una paciencia interminable para volver a tornear el barro hasta que quedara perfecto.

Ciertamente para el barro el proceso debe ser doloroso, pero la belleza que va a salir de dejarse formar valdrá la pena.

Demos gracias a Dios por su paciencia para darnos forma hasta hacer de nosotros lo que el sueña, bueno y perfecto. Demos gracias, porque como el  alfarero que no desecha el barro, sino que lo transforma, así el Señor tampoco nos desecha a pesar de nuestras imperfecciones. Si lo que vez de ti mismo no te gusta, no te preocupes, Dios te moldeará para hacer de ti su mejor obra. Si te miras y no puedes ver las áreas a mejorar, aun así, tu Creador te hará pasar por el proceso para que llegues a la estatura de Cristo (Ef 4:13).

¡Que Dios nos de la humildad del barro para dejarnos moldear!

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