A muchos nos ha pasado, que al entrar a la vida de la fe, los que nos conocen ponen en duda nuestra transformación. Y precisamente, es esa duda la que impide el obrar del Espíritu a través nuestro.

¿No es el hermano de Santiago, José, Simón y Judas, y no viven sus hermanas también aquí entre nosotros? ¿De dónde le viene todo esto? Y se resistían a creer en él. Pero Jesús les dijo: —En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa. Y no hizo allí muchos milagros porque aquella gente no tenía fe en él.” Mateo 13:55-58

Puedes escuchar la Palabra Diaria presionando el enlace de YOUTUBE:

Profundizando un poco sobre el texto, es importante notar que lo que impide que Jesús realice milagros en su pueblo, no tiene nada que ver con su propia naturaleza. Con lo que tiene que ver es con la falta de fe y de confianza de la gente. En la mayoría de las ocasiones las personas anteponen sus propios prejuicios a lo que Dios ha hecho y puede hacer en nosotros, y desde nosotros.

Tres enfoques importantes se pueden dar a este texto:

    1. Cómo reaccionamos ante la conversión y el ministerio de las personas que conocemos. Claramente Jesús nos enseña que “no hay profeta en su propia tierra“. Parece ser una mala costumbre ancestral, que las persona nos juzguen porque nos vieron crecer, porque conocen nuestra familia, de dónde provenimos, o por nuestra vida pasada.
    2. Cómo reaccionamos ante la duda y la falta de aceptación  hacia nosotros, de la gente que conocemos y que probablemente amamos. Ciertamente para muchas personas es desconcertante no ser aceptados y valorados por los más cercanos. Sin embargo, a Jesús eso no lo detuvo. Incluso, cuando los envió a ministrar en pareja, les había dicho: “Y si no los reciben ni los quieren oír, salgan de la casa o del pueblo y sacúdanse el polvo de los pies.” (Mt 10:14) Es difícil aceptar que las personas que conocemos y amamos no confíen en nosotros y en lo que Dios ha hecho. Pero si una cosas quiere Jesús que entendamos claramente, es que eso no cambia lo que Dios ha hecho en nosotros ni lo que hará a través de nosotros.
    3. Las consecuencias de nuestros prejuicios en nosotros mismos. Ese tipo de juicio contra el prójimo, invalida la obra de Dios en nuestra vida. Y lo que Jesús plantea, es que el que juzga se están privando de la bendición que puede llegar a sus vida a través de los que han decidido seguir a Jesús. El problema lo tienen los que no tienen fe, ellos son lo que están cegados con sus propios prejuicios y se privan de ver los milagros y las obras de Dios.

A veces hacemos tanto caso a lo que la gente piensa de nosotros que olvidamos sacudirnos las sandalias y salir del lugar tranquilos, para que el Espíritu nos guíe a donde sí necesitan y están prestos para recibir lo que el Señor tiene que hacer por ellos a través nuestro.

A través de nuestra historia nos movemos de grupos. En ocasiones hemos estado en  los que dudan y pasan juicio. Otras veces hemos sido los juzgados y menospreciados.

A los menospreciados les digo: Levanta tu rostro con humildad y confianza, sacude el polvo de tus pies que más adelante encontrarás un lugar en el que tus dones puedan florecer para el servicio de los demás.

A los que nos ha faltado la fe: abramos los ojos para ver en los demás lo que Dios ve, de otra manera estaremos perdiendo grandes bendiciones para nuestra vida, y algún día, probablemente, probaremos del amargo sabor del desprecio de otros.

Compártelo en tus redes sociales.
SUSCRIBETE EN AUDIO PODCAST: en Rumbo con Ivelisse

listen-on-spotify-logo-png-6 listenonapple