Siempre me ha llamado la atención el personaje de la suegra de Simón Pedro en el relato de los evangelios. Es un personaje pasajero, no hay mucho detalle sobre ella, y solo se sabe que Jesús entró a su casa, la encontró con fiebre en cama, los que le acompañaban le rogaron que hiciera algo por ella, el reprendió la fiebre y ella sano. Ahora es que viene el detalle importante. Es muy probable que la mayoría de ustedes no estén de acuerdo conmigo, pero para mí, el milagro que hizo Jesús no es lo más importante, eso Jesús lo venía haciendo y lo siguió haciendo, curar a todos los enfermos que se le acercaban. Lo que me llama la atención es la reacción de ella.

 “Entonces Jesús se levantó y salió de la sinagoga, y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una gran fiebre; y le rogaron por ella. E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre; y la fiebre la dejó, y levantándose ella al instante, les servía.
Lucas 4:38-39

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“Y levantándose al instante les servia.”

¿Qué haríamos nosotros en el lugar de la suegra de Pedro?  ¿Qué has hecho tu cada vez que Dios ha hecho un milagro en tu vida? A lo mejor haya quien me escuche y piense: “es que Dios no ha hecho nada por mi”.

Cuando yo era adolescente una monjita Franciscana me enseñó, que dormir es una experiencia de muerte. Cerramos los ojos creyendo por fe que vamos a despertar mañana. ¿Qué garantía tenemos de despertar nuevamente? Así que hay varias cosas que podemos desprender de estas historias. La primera que la vida misma es un regalo y un milagro de Dios. Segundo, que abrir los ojos cada mañana es un milagro de Dios. Que todos los días, antes de ir a la cama, debemos dejar nuestros asuntos resueltos, con Dios y con el prójimo. Y finalmente, que todos los días al amanecer, debemos de asumir la actitud agradecida de la suegra de Pedro, que: “levantándose al instante les servia.”

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