Nunca les ha pasado que mientras más quieres huir de una persona, más te la encuentras… También pasa que hay personas muy insistentes, que se obstinan con verte, hablarte, convertirse en tus amigos; o en enamorarte, ¡hasta que lo logran! Pues nuestra relación con Dios es un poco así, cada puerta que abrimos, cada desvío, cada camino que pensamos nos va a dar más autonomía, más libertad, nos hace tropezar con algo que nos recuerda a Dios. ¿Será verdaderamente importante que la gente pierda tanto tiempo hablando de Dios o escribiendo sobre Dios?

¿A dónde me iré de tu Espíritu?
¿Y a dónde huiré de tu presencia?
Si subiere a los cielos, allí estás tú;
Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.
Si tomare las alas del alba
Y habitare en el extremo del mar,
Aun allí me guiará tu mano,
Y me asirá tu diestra.

Salmo 139:7-10

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Aunque nadie hable sobre Dios o escriba sobre Dios, la creación no puede dejar de nombrarlo. Si subiera a los cielos ahí está Dios y si bajo a las profundidades del mar, también está ahí.” Lo maravilloso de esta frase del Salmista es, que Dios se deja ver a través de toda la creación; que somos nosotros los que vivimos huyendo de él. Eso no quiere decir que estemos huyendo de su conocimiento, pero sí huimos de su presencia.

Porque su presencia demanda de nosotros santidad, pero tener solo conocimiento de él, ¡no! De la santidad que estoy hablando, no es de una exigencia de parte de Dios de lo inalcanzable, no es de que nos apartemos del mundo, de la gente, de la cotidianidad y de lo lúdico de la vida, ¡no! La santidad a la que yo me refiero, es el impulso que nace de dentro de una misma, de ser mejor persona, de tener el corazón de Cristo. Porque frente a la luz de la presencia de Dios, no podemos soportar nuestro pecado, aun el más insignificante nos hace sentir incómodos frente a él.

Frente a la presencia de Dios hay urgencia de ser mejores, de parecernos a Cristo. Y como en muchas ocasiones eso cuesta, nos vasta con conocerlo, pero huimos de su presencia. Huimos porque nos cuesta, nos cuesta algunos compromisos, nos cuesta abandonar conductas, adicciones; nos cuesta cambiar prioridades, nos cuesta cambiar la manera de relacionarnos con algunas personas. A veces nos cuesta porque significa aprender a amarnos a nosotros mismos y a amar a quienes no nos caen bien.

»Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así.” 

Lucas 6:32

Como la presencia de Dios me demanda un cambio de manera de vivir, huyo. Esa demanda nace de la maravillosa y a la vez aterradora sensación de querer agradarlo, de querer parecernos a él y de estar a la altura de su amor. Y como todo eso es inalcanzable para el ser humano, huimos.

Y mientras más huyo, más él me busca; y con una mano me muestra el camino, mientras que con la otra me ayuda (Salmo 139:10). No te resistas a su bondad, el no solo te va a conducir a ser mejor persona, sino que te levantará y ayudará aun si estuvieras en los más profundos abismos.

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