Hablar del amor, y sobre todo del amor de Dios, parecería ser un concepto trillado. En este siglo el amor parecería ser algo hasta cuestionable. Hoy te dicen que te aman y mañana te divorcian, te pegan, te mienten o te traicionan. ¿Qué tipo de amor es ese? Con el amor de Dios puede pasar lo mismo. Cómo es posible que me hablen de tanto amor y después me digan que Dios tiene preparado un fuego eterno para condenar a los desobedientes quemándose por la eternidad.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

Juan 3:16-18

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Siempre me ha llamado la atención que la enseñanza bíblica en muchas ocasiones se hace aislando los versos bíblicos y por consecuencia se enseñan desvinculados de su contexto. Ese es el caso de este texto. Estamos acostumbrados a recitar Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Pero Juan 3:16 no puede separarse de Juan 3:17, “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.

La presencia de Jesús en nuestra vida, no es para condenar, es para salvar. El propósito y finalidad de todo lo que Dios hace, es nuestra salvación y nuestro bienestar.

Me decía un joven esta semana, “Acho pastora, déjame mejor enfermo, porque dice la biblia que Jesús vino para los enfermos.” A lo que yo le respondí: “Tienes razón. Pero vino para sanar los enfermos. A algunos les sanará el alma y las emociones y a otros les sanará también el cuerpo. Jesús no vino para que te quedes igual, vino para cambiar tu vida, como la cambió a los ciegos, sordos y paralíticos.”

Donde radica la condenación en el ser humano está en nuestras propias elecciones; y la consecuencia de esas decisiones es nuestra condenación. Seguir a Jesús, es nuestra decisión a favor del amor. Seguir a Jesús es una respuesta al amor. A un amor que no te va a traicionar, que no te va a pegar, a mentir o a condenar.

Una vez leí de un sacerdote, que una de las enseñanzas más hermosas que él veía en el texto de Juan 3:16-17 ha sido el poder comprender que “el condenado, no condena“. Precisamente por la condición de Jesús de haber pasado por un juicio, solo, sin abogados, sin defensores, ni siquiera el Padre; de haber sido encontrado culpable y castigado desproporcionalmente y finalmente asesinado, es que Jesús va a hacer todo lo posible porque tu y yo no pasemos por lo mismo. ¡Eso es el amor de Dios!

Cuando nosotros imitamos ese amor entregado, fiel y restaurador de Dios, estamos construyendo Reino de Dios en esta tierra; y estamos enseñando a las personas a acercarse a Dios con confianza. Su amor no falla aun cuando yo te falle.

Acércate con confianza y sin temor a Dios, porque su amor no falla.

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